Pan, Techo y Fuego

Deir el-Medina, Egipto · siglo XII a. C.

Un día cualquiera en el antiguo Egipto, hace 3000 años

28 de octubre de 2026 · 14 min · Audio en español, inglés

Egipto, siglo XII antes de Cristo, hace unos 3000 años. En una aldea frente a Tebas vivían, con sus familias, los hombres que excavaban y pintaban las tumbas de los faraones. Pasamos un día cualquiera con una familia imaginada de esa aldea, Deir el-Medina, con lo que dejaron escrito sus vecinos de verdad: lo que cobraban en grano, por qué faltaban al trabajo y de qué se quejaban.

El año en que la paga llegó tarde y la cuadrilla dejó la obra: «Tenemos hambre».

La historia, para leer

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Una familia imaginada, una aldea real ▶ 0:00

Amanece en un collado de piedra, un paso entre cerros, a medio camino entre una aldea y el Valle de los Reyes. Es Egipto, en el siglo XII antes de Cristo, hace unos tres mil años. ¿Cómo era un día cualquiera en el antiguo Egipto? No el del faraón: el de la gente que le excavaba la tumba. Imaginemos a uno de ellos, que sale de su choza de piedra. Le pagan en grano: cinco sacos y medio al mes. Abajo, en la aldea, le esperan su mujer y su hija. Vamos a pasar un día con ellos, con lo que dejó escrito la propia aldea: sus raciones, sus faltas al trabajo y sus quejas.

Esta familia no existió. La hemos imaginado a partir de lo que escribieron los vecinos de la aldea y de la excavación de sus casas. La aldea sí existió. Su nombre de hoy es Deir el-Medina: la aldea de los que excavaban y pintaban las tumbas de los faraones, frente a Tebas. Ellos la llamaban, sin más, «el pueblo». Y a su trabajo, «la Tumba». Eran unas setenta casas, pegadas unas a otras dentro de una muralla. Nuestro año es el 29 del reinado de Ramsés III. En la Tumba trabajan entonces unos cuarenta hombres, y nuestro hombre es uno de ellos: cantero. Va a ser un día cualquiera, sí. Pero de un año en que la paga llegó tarde.

Excavaciones de Ernesto Schiaparelli en Deir el-Medina, 1906-1909. Archivio fotografico Museo Egizio, Turín, C00944. CC0. Imagen recortada.
Excavaciones de Ernesto Schiaparelli en Deir el-Medina, 1906-1909. Archivio fotografico Museo Egizio, Turín, C00944. CC0. Imagen recortada.

Ocho noches fuera de casa ▶ 1:28

Su semana tenía diez días, y en los ocho primeros el padre no dormía en casa. Dormía arriba, en el collado, cerca de la obra. Según el excavador, allí quedan sus chozas de piedra, cada una con su dueño. Dentro, un lecho de obra y el asiento de piedra con su nombre. No hay rastro de fuego. La comida y la bebida subían ya preparadas desde la aldea. Imaginemos el pan de casa subiendo cada día por el sendero. Quién lo llevaba, no lo sabemos. Por esos caminos vigilaban unos guardias, los medjay, la policía de la necrópolis. Y desde el collado, la cuadrilla bajaba al valle, a la tumba del rey.

Hasta la luz se contaba ▶ 2:11

Un escriba contaba las mechas con las que se alumbraba la tumba del faraón. En las tumbas reales de Egipto se trabajaba a la luz de lámparas, y cada mecha engrasada salía del almacén contada. Tantas por la mañana, tantas por la tarde, casi siempre las mismas: dos turnos, con un descanso a mediodía. Las de toda la cuadrilla solían ir de cuatro en cuatro por turno, y por eso se ha propuesto que cada turno durara unas cuatro horas. Pero las cuentas no siempre cuadraban. Un egiptólogo que repasó las de finales de la dinastía XIX, unas décadas antes de nuestro año, encontró sumas mal hechas. En una cuenta de mechas de la época del faraón Seti II se lee: dieciséis más dieciséis, veintidós.

Llevar esas cuentas era cosa de escribas. En nuestro año, el escriba de la Tumba es un hombre real: Amennakht, el que además escribía poemas, y los firmaba, algo raro en Egipto. Los escribas lo apuntaban todo: el grano, las mechas, y también quién faltaba a la obra, y por qué. Hay una lista de faltas que no es de nuestro año, sino de casi un siglo antes. En ella, lo más común es faltar por estar enfermo. Lo siguiente, estar haciendo un encargo para su jefe: un trabajo privado, que se toleraba si no se abusaba. Y se lee de todo.

Tantas por la mañana, tantas por la tarde, casi siempre las mismas: dos turnos, con un descanso a mediodía.
Ilustración

Faltó porque hacía cerveza ▶ 3:32

Un obrero egipcio faltó al trabajo porque estaba haciendo cerveza. Lo apuntó un escriba, en tinta roja, en una lista de faltas de hace más de tres mil años. Es del año 40 de Ramsés II, de la aldea de los constructores de tumbas del faraón, y está escrita en una lasca de piedra que hoy se guarda en Londres. Junto a cada nombre, el motivo de la falta. Le picó un escorpión. Tenía mal un ojo. Embalsamaba a su hermano. Su hija sangraba, es decir, tenía la regla: así lo apuntó el escriba. Por qué eso lo retenía en casa, no lo sabemos. Y la cerveza sale más de una vez. ¿Faltar al trabajo por hacer cerveza? Un estudio de las fiestas de la aldea cree que esa cerveza era para una fiesta.

Una casa de cuatro cuartos ▶ 4:16

Imaginemos a la madre en la aldea, mientras el padre está arriba, y a la hija con ella. Según el excavador, su calle era un callejón donde dos personas apenas se cruzaban, con fachadas blancas y puertas rojas. Su casa es una de esas setenta: estrecha y larga, de cuatro cuartos seguidos, y desde la puerta se ve hasta el fondo. Piedra abajo y adobe arriba. Al entrar, se bajan dos o tres escalones a una sala con las paredes blanqueadas hasta media altura. El mismo excavador lo explicaba así: en lo blanco se veían los escorpiones. Y escorpiones había. Salen en más de una lista de faltas, y en una cuenta de grano de la aldea cobra también un encantador de escorpiones. Qué hacía exactamente, no lo sabemos.

En un rincón de esa primera sala hay una plataforma de adobe con escalones, decorada a veces con el dios Bes. Los arqueólogos discuten para qué servía. Su excavador la llamó «cama cerrada»; otros han pensado en un sitio para dar a luz. Hoy muchos creen que era el altar de la casa. En las paredes, nichos para los bustos de los antepasados; en el suelo, lámparas de pie, una copa con grasa y una mecha. Después viene una sala más alta, con una columna y un banco de obra. Según el excavador, ahí se sentaba el dueño de día a trabajar, a comer y a recibir; y por una escalera se subía al tejado, plano, de troncos, palmas y barro, a dormir a veces. Y al fondo, la cocina, medio al aire, con el horno de barro en forma de campana.

Según el excavador, su calle era un callejón donde dos personas apenas se cruzaban, con fachadas blancas y puertas rojas.
Ilustración

Moler el grano, subir el agua ▶ 5:58

En esa cocina empieza la comida de cada día. Del grano salían el pan y la cerveza, las dos cosas en casa. Primero se machacaba en morteros de piedra, y luego se molía. Una arqueóloga que estudió las piedras de moler cree que moler era cosa de mujeres, y poco apreciada. En un experimento, poco más de un kilo de grano llevó dos horas. Pero la aldea tenía ayuda. Había sirvientas que ponía el Estado, y sus días de trabajo se repartían entre las casas de la cuadrilla. Se cree que molían el grano. La palabra egipcia se traduce «sirvientas», y a veces «esclavas». Los hombres de la cuadrilla, en cambio, no eran esclavos: eran artesanos del faraón, con sueldo, casa y tumba propia. Las dos cosas son verdad a la vez.

Imaginemos ahora a la hija en la puerta, esperando el agua. Porque en la aldea no había fuente. El agua subía a lomo de burro, y se guardaba en grandes tinajas. Según el excavador, junto a la puerta norte, por fuera, había sitio para una de dos metros de ancho, y la choza de un guarda del agua. Lo que no daba el grano también subía de fuera. El personal de servicio de la Tumba subía agua, leña, pescado, verduras y vasijas, cada uno con su cuota para cada semana de diez días. Una aldea entera dependía de que todo eso llegara.

La paga y los días libres ▶ 7:22

Y lo que más tenía que llegar era la paga. Cada mes, el padre cobraba cuatro sacos de escanda, un tipo de trigo, y uno y medio de cebada. El saco era el khar, un saco grande de grano. El capataz cobraba siete y medio. ¿Cuánto era eso? Con los precios que da un egiptólogo, una túnica costaba casi medio mes de sueldo. Vestían lino: túnicas y taparrabos. Y el Estado repartía también ropa y sandalias, que las cuentas llaman «de Faraón», y aceite. Con ese grano, nuestra familia come y bebe.

Los días noveno y décimo de la semana, no se bajaba a la tumba. El padre vuelve a casa. Pero el día libre no era para no hacer nada: se trabajaba para uno mismo. Cada uno, en su propia tumba, o en encargos en talleres de la aldea. Y había fiestas. En las grandes, la aldea sacaba en procesión la estatua de Amenhotep I, un faraón muerto siglos antes al que veneraba como patrón. Y aquella cerveza de la lista de faltas, según el estudio de las fiestas de la aldea, parece que era para una fiesta. Días sin tumba hubo muchos. En aquella lista del año 40 de Ramsés II, según el museo que la guarda, solo unos setenta de doscientos ochenta días parecen jornadas completas. Y una egiptóloga cuenta que, al final de un reinado, con la tumba casi acabada, a veces solo se subía un día de cada cuatro.

Charles K. Wilkinson, facsímil (1922) de la pintura de la tumba de Sennedjem (TT 1), Deir el-Medina. Metropolitan Museum of Art, 30.4.2, Rogers Fund 1930. CC0. Imagen recortada.
Charles K. Wilkinson, facsímil (1922) de la pintura de la tumba de Sennedjem (TT 1), Deir el-Medina. Metropolitan Museum of Art, 30.4.2, Rogers Fund 1930. CC0. Imagen recortada.

Notas, una carta y un testamento ▶ 8:51

Y en esta aldea se escribía mucho. Dejó miles de notas en lascas de piedra blanca y en trozos de cerámica, con tinta oscura y roja: cuentas, recibos, cartas, pleitos, poemas. Hacían de papel de borrador. Allí sabían escribir más que en cualquier otro pueblo de Egipto, aunque no sabemos cuántos. Y si había pleito, lo veía la kenbet, el tribunal de la propia aldea, hecho por los vecinos. El tribunal hacía sobre todo de testigo, y allí se juraba por el dios y por el faraón. Entre tantas notas, algunas no hablan de grano ni de pleitos. Hablan de padres y de hijos.

Un dibujante egipcio se estaba quedando ciego, y le escribió a su hijo. Se llamaba Pay, y vivía en la aldea de los artesanos que decoraban las tumbas reales. Su hijo también era dibujante. Conocemos la carta por la traducción de una egiptóloga, y empieza así: «No me des la espalda; no estoy bien». Le pide miel para los ojos, ocre y pintura oscura de ojos: todo, para curarse la vista. «¿Acaso no soy tu padre?», le recuerda. Y al final, la frase que se queda: «Busco mi vista, y no está». Un dibujante, pidiendo miel para poder ver. Si el hijo se la llevó, no lo sabemos.

Una mujer egipcia dejó sin herencia a tres de sus hijos, porque en la vejez no la cuidaban. Se llamaba Naunakhte. Era de la aldea de los obreros de las tumbas reales, y lo dejó escrito en el año 3 de Ramsés V. Lo cuenta un museo inglés, el Ashmolean, de Oxford. Según su testamento, tenía ocho hijos. A tres los nombra, y los deja fuera. Y explica por qué: «Me he hecho vieja, y ellos no me cuidan». Lo que dejaba era suyo, y podía decidir a quién. Eso sí: los tres desheredados aún podían heredar de su padre, Khaemnun. Lo que ella les quitó fue solo lo suyo.

El año en que la paga llegó tarde ▶ 10:54

En nuestra casa, años antes de ese testamento, el año 29 no fue un año cualquiera. El pan, la cerveza, la túnica: todo salía del grano que llegaba cada mes. Ese mes, no llegó a tiempo. Imaginemos el saco de escanda, cada día más vacío, y al padre, que baja del collado sin paga. Pasan los días, uno detrás de otro, y siguen sin cobrar. Y entonces la cuadrilla dejó de esperar.

Los hombres que excavaban la tumba del faraón dejaron la obra y se sentaron detrás de un templo. Fue en Egipto, en el año 29 de Ramsés III. Cruzaron los puestos de guardia y dijeron, según el papiro que lo cuenta: «Tenemos hambre: ya van dieciocho días de este mes». Dos días después, ya dentro del templo de Ramsés II, les explicaron a los funcionarios que el hambre y la sed los habían empujado a eso: «No tenemos ropa, ni aceite, ni pescado, ni verduras». Pidieron que se escribiera al faraón y al visir. Ese día les dieron la ración del mes anterior. Pero no fue un día: fueron semanas, sentados en templos, también en el de Seti I. Y al final, el visir mandó decir que los graneros estaban vacíos, y les dio media ración.

Todo esto lo sabemos porque lo escribió el escriba Amennakht, el de los poemas. Él mismo estaba en medio, entre la cuadrilla y las autoridades. En aquellas semanas, un jefe de policía llegó a decirles que se llevaran a sus mujeres y a sus hijos y se fueran a un templo. Imaginemos a nuestra madre oyendo esas palabras, con la hija a su lado. ¿Y cómo acabó? El papiro no lo cierra. Un egiptólogo que lo estudió dice que aquel año terminó con los problemas de la cuadrilla sin resolver.

Amennakht, el «Papiro de la huelga». Museo Egizio, Turín, Cat. 1880. CC0.
Amennakht, el «Papiro de la huelga». Museo Egizio, Turín, Cat. 1880. CC0.

Lo que queda ▶ 12:48

De nuestra familia no queda nada, porque no existió. De sus vecinos de verdad quedan sus notas: miles, encontradas sobre todo en los vertederos de la aldea. Cuentas de grano. Mechas contadas. Una carta que pide miel para los ojos. Un testamento. Y una lista de faltas donde un hombre faltó por hacer cerveza. No es la historia de un faraón. Es la de la gente que le hacía la tumba, contada por ellos mismos. Y ahora, la pregunta es para ti. Si dentro de tres mil años alguien encontrara tus notas de esta semana, ¿qué día cualquiera contarían?

Imaginemos la noche de un décimo día, en un año tranquilo. Mañana el padre volverá a subir al collado, a su choza de piedra. Esta noche duerme en casa. Suben los tres al tejado, a dormir. Abajo, en la cocina, el horno de campana se va enfriando. Y alrededor, dentro de su muralla, las setenta casas pegadas, una junto a otra, a oscuras. Pan, techo y fuego: así lo resolvían en Deir el-Medina.

«Deir el-Medina ruins», foto de Andrew® (Flickr, waldenpond), 2009, CC BY 2.0 (creativecommons.org/licenses/by/2.0), vía Wikimedia Commons.
«Deir el-Medina ruins», foto de Andrew® (Flickr, waldenpond), 2009, CC BY 2.0 (creativecommons.org/licenses/by/2.0), vía Wikimedia Commons.

Palabras de esta casa

kharSe dice: jar (jota suave, como en «jarra»)
El saco: la medida de grano con la que se pagaba la ración de cada mes.
debenSe dice: DÉ-ben
Un peso de cobre con el que se ponía precio a las cosas. No era una moneda.
ostraconSe dice: ÓS-tra-kon; plural ÓS-tra-ka
Una lasca de caliza o un trozo de cerámica que servía de papel de borrador.
kenbetSe dice: KÉN-bet
El tribunal de la propia aldea, formado por los vecinos.
Lugar de la VerdadSe dice: set MÁ-at
El nombre de la necrópolis real: los obreros eran «servidores en el Lugar de la Verdad».
medjaySe dice: MÉD-yai
La policía que vigilaba la necrópolis y los caminos.

Fuentes

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