Caister, Inglaterra · 1448
¿Cómo dormían en un castillo medieval inglés en pleno invierno?
27 de octubre de 2026 · 15 min · Audio en español, inglés
Este de Inglaterra, último día de octubre de 1448: en el castillo de Caister, alguien va de cuarto en cuarto y apunta cada cama, hasta la de la cuadra. Con esa lista pasamos una noche de invierno con la gente que trabajaba en el castillo, para saber cómo dormían de verdad: quién tenía cuarto, quién colchón de plumas y dónde estaban los jergones de paja.
La sala de invierno, más pequeña y con los tapices; la gran sala, donde la lista no apunta ni una cama; la cama de la cuadra, con su colcha azul y roja; la colcha del cocinero, con rosas y cabezas de perro de caza; el cuarto del portero, con su cortina de sarga roja; la cama del señor, con dosel y cortinas de estambre verde, y a su lado un jergón. Y quién sí dormía en el suelo, junto al fuego: los ayudantes de la cocina del rey, según una ordenanza de 1526.
La historia, para leer
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Una lista de camas, 1448 ▶ 0:00
Último día de octubre de 1448. En un castillo de ladrillo del este de Inglaterra, alguien va de cuarto en cuarto y apunta cada cama. ¿Cómo dormían en un castillo medieval en pleno invierno? No el señor: la gente que trabajaba para él. Mañana es Todos los Santos: en las casas como esta, empieza la temporada del fuego. Imaginemos a una familia que sirve aquí. Él cuida los caballos. Y en esa lista, en la cuadra, también hay una cama.
Esta familia no existió. La hemos imaginado a partir de esa lista de camas y de los libros de casa ingleses de aquellos años. El castillo sí existió: el castillo de Caister, junto a Yarmouth, cerca del mar del Norte. Un castillo de ladrillo rodeado de agua, recién terminado para sir John Fastolf. Pero aquel invierno el señor no estaba: vivía en Londres, y el castillo lo llevaba su gente. En nuestra familia, él es mozo de cuadra. El abuelo guarda la puerta. Ella trabaja aquí de día, y la pequeña viene con ella. Las camas las vamos a seguir en la copia que se conserva del inventario de 1448. Puede llevar algún añadido de unos años después, pero es la lista de esta casa, cuarto por cuarto.
Una cuenta de casi veinte años antes, cuando aún no había castillo, habla de unas dos docenas de personas en la casa de Caister. El castillo tenía dos patios y, a lo largo de los muros, cuartos uno detrás de otro. ¿Y por qué alguien se puso a contar sus camas? La lista no lo explica. Una historiadora que estudió los papeles del señor encontró esto: en abril de ese mismo año, dos mercaderes de Yarmouth entraron a la fuerza en el castillo con ocho hombres y se llevaron bienes y vino. Puede que el inventario naciera de ahí. Pero esa lista nos sirve para otra cosa. De los castillos se suele contar que en invierno todos dormían juntos en la sala grande, sobre paja, al calor del fuego. Vamos a comprobarlo, cama por cama. Y empezando por el fuego.
El primer fuego del invierno ▶ 2:12
¿Qué día se encendía el fuego de invierno en un castillo inglés? Había una fecha fija: el primero de noviembre, día de Todos los Santos. Así lo mandan los libros de casa de la época. Ese día se encendía el fuego de la sala, y empezaban las raciones de invierno, leña y velas, hasta la primavera. Se repartían leños partidos, haces de ramas y carbón, contados noche a noche. En el castillo de Caister, alguien hizo la lista de todas sus camas el último día de octubre de 1448. Justo la víspera. ¿Tuvo algo que ver? No lo sabemos. Qué se quemaba en Caister, tampoco. Pero al día siguiente, en las casas grandes, empezaba el invierno de verdad: el del fuego.
Ese primer fuego se encendía en la sala. Y Caister tenía dos. Una grande, con ballestas y lanzas colgadas en las paredes. Y otra más pequeña, que el inventario llama la sala de invierno. Según la historiadora que estudió los papeles del señor, la grande medía unos dieciocho metros por nueve, y la pequeña no llegaba a la mitad. Los tapices estaban en la de invierno. ¿Por qué una sala para el frío? Una explicación: la pequeña se calentaba mejor. Y en la sala grande, la del tópico, el inventario no apunta ni una cama. Encaja con lo que cuentan los historiadores: en el siglo XV, los señores ya comían aparte, y los oficiales tenían cuartos. Aun así, en los meses fríos, la sala seguía siendo un buen sitio para que durmieran criados. Si en Caister alguien dormía allí, la lista no lo cuenta. Así que las camas hay que buscarlas en otra parte.
Una cama en la cuadra ▶ 3:51
Había una cama en la cuadra de un castillo inglés. Era la cuadra grande de Caister, y en la copia que nos ha llegado de su inventario de 1448, esa cama tiene un colchón, un par de sábanas y una colcha azul y roja. Ni manta ni cabezal. Y en la cuadra de verano, otra igual. ¿De quién era? La lista no lo dice. Se entiende que de quien cuidaba los caballos. Así que, en nuestra historia, es la cama de nuestro mozo de cuadra. No es un montón de paja: es un colchón, con sus sábanas. ¿Dormía allí, con los caballos, para estar más caliente? Eso no lo dice la lista. Imaginemos que sí: que esta noche él se acuesta a pocos pasos de los animales, oyéndolos respirar, tapado hasta las orejas con su colcha azul y roja.
De día, imaginemos a la madre trabajando en la panadería del castillo, con la pequeña a su lado. Es parte de la recreación: cuántas mujeres servían en Caister, y en qué, no lo sabemos. El inventario nombra el cuarto de una mujer, pero no dice a qué se dedicaba. Y en la corte, unos veinte años después, hasta la lavandería la llevaban hombres: según el libro de la casa del rey, solo había lavanderas si había reina. En la panadería de Caister hay un cedazo para la harina, artesas para la masa y dos pares de hierros para hacer barquillos. Y justo después de las artesas, la lista apunta un colchón, con su manta, sus sábanas y su colcha. Alguien dormía en la panadería. Quién, no lo sabemos.
Cuartos con nombre ▶ 5:27
El cocinero del castillo de Caister se tapaba con una colcha roja, con rosas y cabezas de perro de caza. Lo sabemos por una lista de camas de 1448, que nos ha llegado en copia. Su cama tenía un colchón de plumas, un cabezal, dos sábanas y esa colcha. La lista no apunta manta ni almohada. Tenía un cuarto a su nombre, pero si dormía solo, no lo dice. Lo que sí apunta, olla por olla, es su cocina. Un gran caldero de bronce y muchas ollas más. Una sartén, asadores, una parrilla, un mortero, y hasta una botella de vinagre. En la despensa, tinas para salar y anguilas en barril. Imaginemos que esta noche, en su cuarto, el cocinero se mete bajo sus rosas y sus perros de caza.
En nuestra historia, el abuelo hace de portero. Y el portero de Caister tenía su cuarto, probablemente junto a la puerta: lo sugiere el orden de la lista, que poco después pasa a un cuarto sobre el puente levadizo. El castillo tenía un foso de agua, con puentes levadizos. En el cuarto del portero, el inventario apunta un colchón de plumas, un cabezal, sábanas, una manta y un paño para cubrir. Y una cortina de sarga roja, una tela de lana ligera. Imaginemos al abuelo sentado junto a la puerta, mirando quién entra y quién sale. Y cada noche, le toca cerrarla.
Siguiendo la lista, muchas habitaciones llevan el nombre de alguien. Y la mayoría son de gente de la casa. El jardinero tenía cuarto, con dos colchones. Los dos contables compartían otro: dos colchones, dos mantas, dos sábanas y un solo cabezal para los dos. Para los criados de los que venían de visita había una habitación con tres colchones de plumas y otro colchón. Y en los cuartos de los oficiales, camas con techo de tela. Pero cuidado con contar gente: el inventario cuenta camas, no personas. Cuántos dormían en cada una, no lo sabemos.
La escalera de las camas ▶ 7:28
Si se ponen las camas en fila, de la más rica a la más sencilla, se ve quién era quién en la casa. Arriba, cama con techo de tela y cortinas. Más abajo, un colchón de plumas, como el del cocinero, sin dosel. Y abajo del todo, un colchón con dos sábanas, como en la cuadra o en la panadería. Es una interpretación, pero la sostienen la lista y quienes la han estudiado: la cama decía quién eras. Se ve hasta en las mantas. En la cuadra, la lista no apunta ni una: solo la colcha. El portero tenía una manta y, además, un paño para cubrir. Y el señor, dos mantas de fustán. Si alguna vez has dormido en una casa fría, sabes lo que vale una manta de más. Nos falta subir el último peldaño. Arriba del todo, la cama del señor.
La cámara del señor ▶ 8:19
La cámara del señor tenía una cama colgada de tapiz, con dosel y tres cortinas de estambre verde. En la chimenea, un fuelle y un calentador de latón. Pero al lado de esa cama, el inventario apunta algo más pequeño: un jergón, con sus mantas, sus sábanas y su colcha. Un jergón, de paja. Y no es el único: el inventario pone jergones en otras cámaras de señores. ¿Para quién eran? En las casas de los señores, un criado dormía delante de la puerta de su amo, en el suelo de la antecámara, y otros en jergones dentro de la cámara. Un manual de la época manda a los mozos de cámara preparar jergones y lechos de paja. Así que, en esta lista, los jergones no están en la cuadra: están junto a las camas grandes.
Un criado echaba al perro y al gato del cuarto de su señor. Lo manda un manual de criados inglés del siglo XV, que explica paso a paso cómo se acostaba a un señor. El señor se quitaba la ropa de día, se ponía la de noche y un gorro bien atado, para el frío. El criado corría las cortinas de la cama. Dejaba una lamparilla de cera ardiendo toda la noche. Otro manual la pone dentro de una bacía, para que el fuego no prendiera nada. Junto a la cama, el orinal. Y los animales, fuera. En el castillo de Caister, aquel invierno de 1448, esa cama estaba vacía: el señor vivía en Londres. Aun así, Brasa, el perro de nuestra familia, no se arriesga. A esa puerta no se acerca.
El señor tenía, además, un cuarto para su ropa. En la lista se llama la garderobe: el ropero. Hoy se oye a menudo que la garderobe era el retrete del castillo. Es verdad que, por discreción, la palabra a veces se usaba también para el retrete. Pero el retrete tenía sus propios nombres, y de los de Caister no sabemos nada. En esta lista, la garderobe guarda ropa: la del señor. Hasta aquí, sus cuartos. ¿Y con qué pasaban la noche los demás?
Raciones, ropa y la puerta cerrada ▶ 10:27
De Caister no tenemos la ración. De otra casa, sí. En la casa del duque de Clarence, veinte años después, la ración de una noche de invierno para cada dos gentilhombres era esta: dos leños, tres velas blancas, medio pan y medio galón de cerveza. En verano, solo pan y cerveza. Y ningún criado podía llevarse leña sin que se la dieran los ujieres. Ojo con el «cada dos»: la leña y las velas se repartían de dos en dos, pero eran raciones, no camas. Dormir de dos en dos sí lo cuenta el libro de la casa del rey: allí, los ujieres emparejaban a los escuderos para dormir. En Caister, los únicos que sabemos que compartían cuarto son los dos contables.
¿Y con qué ropa se pasaba el invierno? Del vestido de esta gente, el inventario de Caister no dice nada. Pero en las casas grandes, parte de la paga de un criado era la ropa: un sayo al año, la prenda de encima. En la corte, los criados de rango medio cobraban sueldo y ropa, y los escuderos recibían ropa de invierno y de verano. Así que, en nuestra historia, el sayo de nuestro mozo de cuadra se lo da la casa. Es lo que lleva puesto mientras termina el día entre los caballos.
En la casa del duque de Clarence, en invierno, la puerta se cerraba a las nueve de la noche y no se abría hasta las siete de la mañana. Y nadie podía jugarse dinero a los dados ni a las cartas, salvo los doce días de Navidad. En Caister, la hora de la puerta no la sabemos. Pero imaginemos al abuelo cerrándola, con el agua del foso al otro lado, y volviendo a su cuarto, el de la cortina roja. Ella y la pequeña ya no están: su día en el castillo ha terminado. En la cuadra, él echa un último vistazo a los caballos. Empieza la noche.
El miedo al fuego ▶ 12:18
En las casas grandes, la luz de los criados eran velas corrientes, las que los libros llaman «de París»; según un historiador, de sebo. Las de cera, para los señores. Tanto fuego y tanta vela tenían un precio: el miedo al incendio. Por eso la lamparilla del señor ardía dentro de una bacía. En la corte del rey, algo más tarde, un vigilante hacía la ronda cuatro veces cada noche de invierno, tocando su flauta, y miraba cada puerta por si había fuego o ladrones. Si en Caister había alguien así, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que el señor, desde lejos, no estaba tranquilo. Un año y medio después de nuestra lista, escribía desde Londres que le llegaban cuentos raros de cómo se llevaba su casa de Caister: el vino, la ropa… Y pedía que no se quedara allí ningún holgazán.
¿Todos sobre paja? Verdad a medias ▶ 13:07
Los ayudantes de la cocina del rey de Inglaterra dormían en el suelo, junto al fuego. Lo cuenta una ordenanza de 1526, que se quejaba de ello como de algo que siempre se había hecho. Esa es la imagen del tópico: gente durmiendo en el suelo de un castillo, al calor de las brasas. Y existió. Pero en la corte, y casi ochenta años después. En 1448, la lista de camas del castillo de Caister cuenta otra cosa. Los oficiales tenían cuarto, casi todos con colchón de plumas, y hasta la cama de la cuadra era un colchón con sábanas. Los jergones de paja estaban junto a las camas de los señores. Así que lo de que en un castillo todos dormían juntos en la sala, sobre paja, es verdad solo a medias.
Lo que queda ▶ 13:51
Seis años después, el señor se vino a vivir a Caister, y aquí murió en 1459. De la gente de aquel invierno de 1448, lo que más nos cuenta es una lista de camas, y ni siquiera la original: una copia. Pero, junto a los manuales y a las reglas de otras casas, cuenta mucho. Que el fuego de invierno se encendía el día de Todos los Santos. Que la cama decía quién eras. Que el mozo de la cuadra tenía colchón y sábanas, y que los jergones estaban junto a las camas de los señores. Y ahora la pregunta es para ti. En tu casa, cuando aprieta el frío, ¿cuál es el sitio más caliente? ¿Y quién duerme ahí?
Imaginemos la noche del primero de noviembre de 1448. En la sala de invierno arde el primer fuego de la temporada. El abuelo ha cerrado la puerta y corre su cortina roja. En la cuadra, el mozo se tapa con su colcha azul y roja y oye respirar a los caballos. Y en la cámara del señor, la gran cama de cortinas verdes sigue vacía. Pan, techo y fuego: así lo resolvían en el castillo de Caister.
Palabras de esta casa
- colchón de plumasSe dice: no se pronuncia: «colchón de plumas»
- Un colchón relleno de plumas, no la cama entera.
- jergónSe dice: PÁ-let
- Lecho de paja o de juncos, sobre el suelo o un bastidor bajo.
- cama con ruedasSe dice: no se pronuncia: «una cama con ruedas»
- Cama baja con ruedas que se guardaba bajo la cama grande y se sacaba de noche para el criado.
- doselSe dice: no se pronuncia: «el dosel y las cortinas»
- La tela del cabecero y el techo de tela de una cama, con cortinas alrededor.
Fuentes
- Inventario de Caister de 1448 (copia), en The Paston Letters III (1904), n.º 389
- Lesley Fraser, tesis doctoral sobre sir John Fastolf (Edimburgo, 2023)
- David Rundle, en The Library (2024)
- Historic England, «Caister Castle», entrada 1002882
- Ordenanzas de la casa del duque de Clarence (1468)
- Liber Niger, libro de la casa de Eduardo IV (h. 1471)
- Ordenanzas de Eltham, corte de Enrique VIII (1526)
- John Russell, The Boke of Nurture (s. XV), ed. Furnivall
- The Boke of Curtasye (h. 1460), ed. Furnivall
- Carta de sir John Fastolf (1450), en The Paston Letters II, n.º 125
- Giles Gasper, sobre las grandes salas medievales (Durham, 2022)
- Wiktionary (inglés), «pallet»
- Wikipedia (inglés), «Garderobe»